Si pudiera decir lo que sé de Pepe

Si pudiera decir lo que sé de Pepe, lo diría en una sola palabra: para él no existía la depresión bajo ninguna de sus modalidades. Siempre estaba alegre, parece que su misión era que los demás estuvieran siempre contentos. Imagínense que era de las personas que no temían decir lo que pensaban, aunque a veces pasara por escaso ante algunas personas, especialmente los que recién lo conocían. Sin embargo, para nosotros, sus amigos, él siempre es lo que mostró ser: una gran persona con infinitas posibilidades de afecto y apego hacia los demás.

Sinceramente, estoy envidioso de su proceder, a pesar que todos coincidimos que es el correcto. Podían existir personas que lo tildaran de tener poco seso, pero no recordamos a nadie que lo odiara. Siempre tenía amigos y amigas en todas partes, en los bares, en el hipódromo, en el estadio, en los innumerables mítines políticos a los que íbamos hacia finales de los setenta, en la universidad, en su barrio, en todas partes. Derrochaba simpatía en cualquiera de estos lugares, no sabes la cantidad de chistes que se sabía; por otro lado, sabía tomar muy bien, nunca lo recuerdo que haya estado borracho, a pesar que, la verdad, yo después de cinco cervezas, terminaba inoculado de una amnesia, que más de una vez me han contado cosas que hice que no recuerdo aunque ocurrieran ayer.

Su filosofía era esta, una vez me la dijo: “tu puedes obtener todo lo que quieras de este mundo, simplemente ayudando a los demás a que obtengan lo que ellos desean”. Es por eso que, no bien terminó la universidad, se dedicó a ser vendedor.

Para muchos de nosotros, era patético verlo en las calles, cuando todavía no se había comprado un carro, paseándose con su maletín y sus corbatas espantosas de colores, vendiendo enciclopedias de puerta en puerta. Más de un día lo acompañé, y era increíble ver la forma como era rechazado por sus potenciales clientes, a lo cual Pepe respondía con una sonrisa, y al retirarse me decía “Un cliente menos, un cliente más”. Yo te juro que no duraría en este trabajo mucho tiempo. Yo prefiero el trabajo de oficina, porque te hace sentir más importante el estar detrás de un escritorio.

Sin embargo, el primer año en su trabajo, fue nombrado el mejor vendedor de enciclopedias del año. Vendió casi el doble de enciclopedias que el que salió segundo. Ni sus jefes podían creerlo. En su casa hicieron una tremenda celebración, a la cual él llegó tarde porque le estaba mostrando las enciclopedias a una familia con tres hijos.

El segundo año, la cosa fue igual, volvió a ser nombrado el mejor vendedor del año. Nadie sabía cómo lo lograba. Pepe mencionaba que era simplemente el creer en uno mismo, y el saber que estás ayudando a los demás. Un día me comentó que se había comprado como diez libros de ventas, y con las ideas que estos libros tenían, él había armado una fórmula que era muy vendedora. “De cada diez casas que visito, siete me dicen que sí.” A nadie le quiso confiar su fórmula. Lo nombraron entrenador de su empresa, pero él no soltaba prenda, y simplemente enseñaba a los vendedores novatos los rudimentos de cómo vender que conoce casi todo vendedor y que, realmente, no servían para nada.

Llegó el tercer año, y los dueños de la editorial no tuvieron más remedio que nombrarlo Gerente de Ventas. Para colmo, era un tipo muy querido y muy respetado por todos los vendedores de la empresa. Pero tenía un cierto aire que era la envidia de sus jefes, ya que ellos jamás habían logrado lo que Pepe había logrado en tan poco tiempo y con resultados francamente halagadores y envidiables.

Pepe se convirtió en el Gerente modelo. Siempre tenía una respuesta para todo, siempre estaba atento y decía las cosas correctas, y siempre avizoraba los problemas mucho antes que éstos ocurrieran. Y eso que no tuvo capacitación alguna, lo que sí hacía era comprarse libros de cómo ser gerente y esas cosas, que todas las noches leía y releía hasta que logró -según él – la fórmula para convertirse en el perfecto gerente.

Y además, no se quedó sentado en un escritorio. Salía y vendía con la gente, pero nunca les confió su fórmula. Los vendedores que fueron interrogados de cómo lo hacía, simplemente decían que era algo natural, pero que ellos no podían repetirlo, no les salía de la misma forma. Obviamente, la editorial comenzó a facturar niveles que jamás hubiera soñado. En tres años que Pepe estuvo en la Gerencia de Ventas, éstas se triplicaron.

Con ello llegó la fama bien ganada. Si tenía amigos, también éstos se triplicaron. Venían de todas partes, hombres y mujeres. Los primeros, para averiguar cómo hacía para vender y ser el gerente perfecto, y las segundas, para buscar un buen matrimonio. Porque la deducción era obvia, si Pepe había sido tan bueno en todo lo que hacía, también lo sería como esposo, amante o lo que fuera. Pero las segundas se equivocaban. No es que Pepe fuera maricón o cosa parecida, es que simplemente, para él, sólo existía la amistad en su estado más puro. Jamás nadie le conoció novia, enamorada o similar. Amigas, mucho más que las que yo tengo, pero yo le gano en enamoradas. Increíble, pero más de una se la mandó de frente, pero él tenía tal simpatía que podía ser, irremediablemente, poco seductor y sumamente apático para escarceos eróticos. Al contrario, esta posición de inalcanzable para las mujeres lo único que hizo fue mitificarlo.

Luego, las cosas se pusieron aún mejor para él. Viajaba al extranjero casi dos veces al mes, y siempre traía cosas para nosotros, los que nos quedábamos acá. Ya para entonces, tenía carro del año, y se había comprado un departamento del año. Pero en el departamento jamás hubo algo relacionado con orgías o sexo. Nos botaba si eso pasaba. Por eso, el departamento era para ir a tomar, nada más, o hacer lo que a él le gustaba que eran los ravioles con vino. Y bastante vino porque, según él, los romanos lograron el nivel cultural y artístico de la Antigüedad debido al vino. Es más, cuando se emborrachaba, jugaba a ser emperador romano, y le seguíamos la corriente; total, él nos invitaba, él nos atendía, él nos distraía, teníamos que aplaudirlo hasta la genuflexión.

Para colmo, comenzó a ser llamado por las mejores instituciones educativas para que disertara acerca de la importancia de las ventas en la empresa. Siempre estaba su nombre en los avisos de los domingos del periódico; ésos que hablan de charlas y cosas afines y, claro está, cobraba muy bien por las charlas, cosa que aún lo hacía más y más conocido en el medio local.

Las mejores empresas de Lima se peleaban por tenerlo. Pero él era fiel a la editorial, y nos decía que por qué ahora las empresas “grandes” se fijaban en él si anteriormente cuando él postuló a dichas empresas ni le dieron pelota, ni lo llamaron. Eso se lo dijo a los Gerentes Generales de dichas compañías, quienes literalmente rogaban para que Pepe fuera a trabajar con ellos. Pero él no aceptó.

Con el tiempo, llegó a ser Gerente General y accionista de la empresa. Lo veías todo el día dictando memos, órdenes, teniendo reuniones que muchas veces nadie conocía por qué se hacían ni qué resultado tenían. Tenía un par de teléfonos celulares que siempre andaban sonando, mientras que en su omnipotencia seguía vendiendo enciclopedias él mismo, saliendo con sus vendedores y gerentes tal cual lo había hecho el primer día que ingresó a la editorial, como antes.

Así fue que sucedió lo siguiente: Pepe no había tomado vacaciones en los ocho años de trabajo. Un día, estando en una reunión con unos gringos que venían a pedirle que los represente como sello editorial, se paró, gimió, y se desmayó. A mí me avisaron cuando ya lo habían llevado a la clínica. Pero pasaron 3 horas adicionales, hasta que pude verlo. Ya estaba con el celular en mano, coordinando las actividades de mañana con la secretaria. Los médicos se miraban entre ellos, y no sabían cómo enfrentarlo con el infeliz diagnóstico de cáncer generalizado que Pepe incubaba hace seis meses. Claro, que la típica pregunta era cuánto más iba a durar. Ni se inmutaba, ni quiso saberlo. Me pidió que lo averiguara en su nombre. Pero seis semanas, no era mucho tiempo adicional para él, y se lo dije.
-En seis semanas se pueden hacer muchas cosas -dijo.

Se dedicó a visitar todas las empresas que querían que él trabajara para ellos, y les hizo saber que ya no había mucho tiempo a su favor. Se dedicó a dar las órdenes para su sucesión en la empresa, nombrándome a mí director de la misma para que continuara sus políticas en la editorial. Después se fue, alquilando una casa en Punta Negra en pleno invierno, donde pescaba todos los días.

Igual yo, todos los días lo visitaba en su casa de playa para informarle del avance en la editorial, que era lo único que quería escuchar. Se había despedido de todos nosotros, y no permitió que amigo alguno excepto yo lo fuera a visitar. Los botaba a patadas, y muchos de ellos se iban llorando, y otros mentándole a la madre a este infeliz muerto en vida.

Tenía que saber qué era lo que había hecho tan famoso a Pepe y tan vendedor. Había días que tosía como perro, y la verdad es que le tuvimos que poner una enfermera que le ponía algo para el dolor. Comenzó además a divagar. Me vendía enciclopedias y en ese proceso, encontré que era su actitud la que vendía. No sus conocimientos, ni su habilidad, ni su inteligencia, sino su actitud. Sabía cómo preguntar, hablaba de su producto con una pasión que era absolutamente fuera de este planeta. Por otro lado, su transformación en el proceso de la venta, era feroz. Todas las pocas energías que le quedaban las enfocaba en convencerme que la enciclopedia era para mí, y que mi decisión de vida nunca había sido más adecuada. Me aseguraba que jamás me arrepentiría de tenerla, y que mi vida sería otra compartiendo nuevos conocimientos con este producto. Lo peor del caso, es que todos los días se la terminaba comprando, más por convencimiento que por compasión. Y todos los días fui descubriendo las enseñanzas de Pepe en un proceso, que -dentro de su aparente sencillez- encerraba toda la pasión, conocimiento y desprendimiento que mi gran amigo tuvo para con los demás.

El día de su entierro, no fueron los amigos. Toda la editorial estaba allí. Claro está que los directores me pidieron que me hiciera cargo interinamente del manejo de la empresa hasta que encontraran alguien para ocupar el cargo. Inicialmente, no estuve dispuesto a aceptar, pero pensé que podría continuar la labor de mi predecesor. Lo que nadie imaginó fue que seguí aplicando los métodos que me enseñó, la empresa siguió creciendo a ritmo geométrico y finalmente acepté la Gerencia General del mayor banco de Lima, la cual también me ofrecieron casi en forma suplicante.

Así es que, recuerda, Pepe, yo aún vivo y tú estás bajo tierra. A mí me recuerdan más en la editorial que a ti. Estoy muy ocupado para ir a tus misas del mes o a tu misa del año o de dos años, porque ahora soy un Ejecutivo. Y de un nivel que tú jamás hubieras soñado con tu venta de enciclopedias de porquería. No sabes lo que es mudarte del local de porquería que tenías en Lince a un local en la Molina, con un carro que haría palidecer al modelo que te dio la editorial, y encima, realizar la cuarta parte del trabajo que hacías en la empresa para que te paguen cuatro veces más. Lo que más me alegra, es saber, que con ese cáncer bendito jamás podrías haberte mantenido en el puesto que desechaste y que yo ahora ocupo. Eso es lo que más me alegra de todo esto.

Pero ahora, me retiro, tengo que ir a un chequeo médico ya que estoy, Pepe, tosiendo igual que tú.

Nicolás Rovegno, Perú © 2004

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