El elogio

Vicente Cantatore, entrenador que trabaja como nadie la confianza de los jugadores, me dio un día este simple consejo: “Primero elogia y después corrige”.El elogio produce una complicidad que acerca al profesional y le hace más receptivo. Pero no olvide algunos detalles:

• No abuse de la utilización del elogio.

• Busque el momento adecuado para decirlo.

• El elogio debe estar fundamentado.

Cantatore siempre tuvo un talento especial para dejar indefensos a los jugadores con un elogio. No piensen que es algo normal, de hecho K.Stanislavski decía que “todos saben culpar, pero para los elogios se necesita un especialista”.

Sin duda, lo que más se domina es el reproche. Si uno le pregunta a un grupo de profesionales cómo cree que su jefe valora el trabajo que están realizando, éstos responderán más o menos así: “Supongo que bien, últimamente no nos ha caído ninguna bronca”. Este ejemplo, sacado de la experiencia cotidiana, demuestra las dificultades que tienen muchos “jefes” de reconocer, en público o en privado, los méritos de su gente. Sufren lo que podríamos llamar un “bloqueo para elogiar”, pero, eso sí, poseen un don especial para apuntarse méritos que nos son suyos.

Por otra parte, nuestra educación nos ha entrenado más para evitar el castigo que para disfrutar con nuestras obligaciones. Si vamos conduciendo, por ejemplo, estaremos más pendientes de evitar los radares que detectan el exceso de velocidad que de cumplir con una obligación basada en la prevención de accidentes y el sentido común. Si nos para la Guardia Civil de Tráfico, lo primero que nos preguntaremos es qué infracción hemos cometido. Es humano. Ahora deliremos un poco sin abandonar la carretera. Imaginemos que vamos por una autopista respetando todas las normas de tráfico, con las señales visuales de nuestro automóvil en perfecto funcionamiento y siendo utilizadas en el momento oportuno. La Guardia Civil nos obliga a detenernos, se acerca y nos dice algo así: “Buenas tardes. Mire, le venimos observando desde hace muchos kilómetros y queremos felicitarle por su magnífico comportamiento. Es usted un conductor ejemplar, por lo que queremos darle nuestra enhorabuena y pedirle que continúe ayudándonos con su ejemplo”. De ocurrir algo así, nuestro comportamiento lo mantendríamos durante mucho tiempo más. Aunque, probablemente y en primer momento, buscaríamos la cámara oculta pensando que nos están gastando una broma, pues ese tipo de reconocimiento no nos los creemos por infrecuentes. No olvide que estábamos delirando.

Lo más común es la estrategia del “te pillé”. Hubo una época en la que, por las noches, los entrenadores llamaban por teléfono a los jugadores a sus casas para comprobar que estaban descansando. Si después de las once de la noche no les encontraban, multa.

Yo vi a entrenadores meterse de un modo imprevisto, casi violento, en el vestuario de los jugadores para ver si nos sorprendía haciendo o diciendo algo malo.

Sin duda, esta actitud tiene un subsuelo de desconfianza que es pariente directa de la inseguridad. Como una peluca mal puesta que denuncia, al mismo tiempo, la calva y el complejo.

Sin embargo, está demostrado que las personas a las que se les refuerza un comportamiento tienden a repetir el mismo. Thorndike descubrió dos cosas que, en su tiempo, fueron revolucionarias y sieguen siendo válidas:

• Un animal hambriento es más activo que uno que no lo está. También el hombre y no sólo en aquello relacionado con la alimentación. El aburguesamiento, por ejemplo, nos hace pasivos, mientras que la búsqueda ambiciosa de un objetivo moviliza nuestro entusiasmo.

• Un animal repite acciones en las que ha tenido éxito. El elogio enmarca el éxito. A partir de esa referencia sabemos lo que está bien, lo que nos hace importantes, y tratamos de repetir el acierto. Viene de lejos, como ven, nuestra satisfacción por las conductas eficaces.

Hay que huir de la figura de ese tipo de directivo que, si la cosa va bien, se sube al tren y si va mal no sólo se baja del tren, sino que encima le tira piedras. Si se quiere ser respetado, sobre todo en los malos momentos, hay que ser el último en bajarse del tren.

Por último, quizá merezca la pena recordar dos sencillos consejos:

• No hable en primera persona, utilice siempre el nosotros. Nosotros hemos perdido, nosotros hemos ganado.

• Dé las gracias. Conviértalo en una costumbre dentro de su equipo.

Extraído del libro “LIDERAZGO. El libro que da las claves para formar equipos en la empresa y en el deporte” de Juan Mateo y Jorge Valdano.

Fuente: www.jesusgonzales.blogspot.com

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